martes, 19 de mayo de 2015

Mi experiencia en Mompox

Siempre que se habla de Mompox suele comparársele con Macondo y sin embargo, quien se detenga a observar con detenimiento, sabrá que esta comparación es pura falsedad. Aunque ambos pueblos a la orilla de un río hierven en las horas del sol, Mompox nunca fue “una aldea de veinte casas de barro y cañabrava” como sí Macondo, ni el Magdalena “un río de aguas diáfanas que se precipitan por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos”



Mompox, entonces, al día de hoy es lo que siempre ha sido: un pueblo de los tiempos de la colonia anclado en el siglo XVII, que nada o poco tiene que ver con el Aracataca de los años 30. No por esto ha dejado de parecerme el pueblo que cada historiador, cada viajero describe como encantador. Y no sólo Mompox, sino todo aquello que hay en su derredor, pueblos, riachuelos, ciénagas y caseríos.



Pueda ser que en el futuro este pueblo siga siendo un paraíso escondido y que no corra la misma suerte que Cartagena, convertida hoy en el ejemplo perfecto de inequidad y desigualdad. Si el “progreso colombiano” (hoteles, multinacionales, farándula) llegara hasta Mompox, atropellando su armonía, se corre el riesgo de terminar pareciéndose a su capital: prostitución infantil, encarecimiento de la vida, desalojo y pobreza.

No hay comentarios:

Publicar un comentario